Erase una vez un pueblo donde hombres y mujeres eran felices: trabajaban sin matarse, obteniendo lo justo y un poco más para vivir con soltura, se adaptaban al clima, cuando hacía frío, se abrigaban, cuando hacía calor dejaban gran parte de sus cuerpos al aire, siempre desde el pudor. Cuando no hacía ni frío ni calor, aprovechaban para vestirse con ropas llamativas, que les realzara su belleza y encantos.
Celebraban grandes y duraderos festejos, en los que se hacía abundantemente el amor, con alegría, entrega y generosidad, pero sin grandes aspavientos y con discreción. La intimidad estaba asegurada por un acuerdo no escrito, simplemente usando el sentido común, la delicadeza y el respeto.
Pero un día llegó una numerosa partida de hombres armados a caballo, con uniformes intimidatorios y actitudes altaneras. Antes de reaccionar, habían ocupado todo el pueblo. Se apostaron, vigilantes y silenciosos, en todas las esquinas desde donde controlaban lo que pasaba en las calles, plazas, huertos y granjas. No decían nada, no hacían nada. Pero la gente estaba nerviosa, y su presencia les cohibía bastante.
Al cabo de unas cuantas horas, llegó otra comitiva, mucho más pequeña, pero más prepotente si cabe, de otros hombres cuyos uniformes eran distintos: simples capas de negro de cabeza a los pies, sombreros negros, y una tira blanca al cuello. Miraban con severidad a todos, en especial a las mujeres jóvenes, que se apresuraban a retirarse tras sus hombres.
Los invasores convocaron a todo el pueblo en la plaza central. Todos debían acudir, y si encontraban a alguien donde no debía estar en el momento de la llamada, sería preso y apaleado sin piedad. Para dar ejemplo, cogieron a los tres últimos que llegaron, y ante todos, los molieron a palos.
Uno de los hombres de negro dijo que, a partir de aquel momento, todos, y en especial mujeres, debían ir tapados desde el cuello a los tobillos. Se prohibió cualquier acto pecaminoso, cualquier desorden moral, cualquier insinuación pública hacia el sexo. Si alguna pareja era pillada in fraganti en un lugar que no fuera su dormitorio, y además por el día, serían presos y sometidos a escarnio público, torturas, y dependiendo de su reincidencia, la ejecución sumarísima.
Todos los nativos se quedaron de piedra. Cuando aquél terminó el discurso, fueron dispersados a empujones y garrotazos por los soldados, y se les ordenó ir a sus casas y encerrarse allí hasta que el toque de queda del día siguiente les permitiera seguir con sus trabajos diarios.
En sus casas, los niños lloraban de miedo, los hombres estaban furiosos, las mujeres intentaban contenerlos, también temerosas de perderlos. Y a base de súplicas, de apoyos mutuos, de caricias y abrazos, lo consiguieron. Lograron sobrevivir aquella noche… y las siguientes.
Estuvieron viviendo así durante muchos años. Años tristes, y negros, porque era el único color que se permitía para salir a la calle, el negro grueso, basto y opaco. También usaban el negro para lamentar la pérdida de muchos seres queridos a manos de aquellos bestias, así como de apoyo a sus familiares.
Pero su alegría por vivir no podía ser apresada. Comprobaron que eran bastante idiotas y cortos de miras. Así que poco a poco, inventaron un lenguaje simbólico con el que hablar de aquello que les habían prohibido, y hacer aquello que siempre les había gustado ante las narices de sus rígidos ocupantes. Acabaron incluso disfrutando, riéndose a sus espaldas, de los soldados y sobre todo de sus severos y fríos mandatarios… Incluso se permitían de vez en cuando el provocarlos muy indirectamente. Sobre todo los soldados, que sufrían cuando ante ellos aparecía una bonita pierna femenina descubierta por un golpe de viento, un brazo torneado supuestamente herido, un pecho del que mamaba un bebé que lloraba… También disfrutaban provocándose entre sí, fabricando prendas negras que destacaban con elegancia y discreción la belleza de sus cuerpos, mirándose lujuriosamente en la plaza, murmurando metáforas cargadas de ese lenguaje simbólico, aún a riesgo de atraer sobre sus cabezas las iras de los moralistas…

Y aunque la moraleja (valga la redundancia) de este cuento no debería limitarse a esta frivolidad, aquí es donde quiero conduciros:
¿Qué metáforas usarían los pueblerinos para expresar sus necesidades de afecto en las calles con sus parejas ante la rígida vigilancia de los guardianes de la moralidad?
Comentario de: esttivalia [Visitante]
Uyyyy qué difícil lo has puesto hoy...
Yo creo que lo más a mano para comunicarse sin palabras es utilizar el discreto lenguaje corporal, ciertos gestos sutiles de invitación, miradas provocadoras y posturas incitantes que hombres y mujeres entenderían.
Se me ocurre también caerse, como que no quiere la cosa, al pilón de la fuente y salir de él en plan "miss camiseta mojada" pero acabarían por darse cuenta del truco si cada día se caían quince o veinte jajajajaaa.
Lo de llegar a consumar nada a la vista de tanta represión.... siento no tener la imaginación suficiente. Yo invitaría y correría a esconderme.
Besos
Yo creo que lo más a mano para comunicarse sin palabras es utilizar el discreto lenguaje corporal, ciertos gestos sutiles de invitación, miradas provocadoras y posturas incitantes que hombres y mujeres entenderían.
Se me ocurre también caerse, como que no quiere la cosa, al pilón de la fuente y salir de él en plan "miss camiseta mojada" pero acabarían por darse cuenta del truco si cada día se caían quince o veinte jajajajaaa.
Lo de llegar a consumar nada a la vista de tanta represión.... siento no tener la imaginación suficiente. Yo invitaría y correría a esconderme.
Besos
Comentario de: Margaret [Visitante]
Interesante historia. Desafortunadamente no tengo imaginación suficiente para pensar en metáforas. Sin embargo, me ha venido a la mente un documental sobre Afganistán que vi hace tiempo, donde la situación es mucho peor que la que describes. recuerdo que una forma de rebelión que tenían las mujeres, sometidas al burka en todo espacio público, era reunirse en casa de una y maquillarse. Solamente eso. Resaltar su feminidad en privado y solo ante mujeres, pues eso les permitía levantar la moral y resistir. Y con riesgo de morir. Si los talibanes les hubieran encontrado el maquillaje, que decir verlas maquilladas, hubiera supuesto la muerte inmediata para todas ellas.
¿Y los hombres? ¿Cómo casarse con una mujer que es un fardo de ropa? ¿Cómo saber cuál es más bella, más agradable? También organizaban algo tan peligroso como una pequeña cita a una hora determinada cerca de un edificio alto y en el que la dama en cuestión durante unos breves segundos se mostraba discretamente en la ventana sin cubrir su rostro ni cabello para que su posible marido la viera unos instantes y pudiera decidir si la quería como esposa. Por supuesto todo muy bien planeado para que absolutamente nadie más pudiera ver la escena, porque una denuncia hubiera supuesto la muerte inmediata. Triste, ¿verdad? La pena es que es real. Y esto era en Kabul, lo más "moderno" del país. ¿Por qué en los casos de mayor intransigencia siempre se ceban con las mujeres? ¿Son más pecadoras por ser objeto de deseo?
Saludos,
Margaret
¿Y los hombres? ¿Cómo casarse con una mujer que es un fardo de ropa? ¿Cómo saber cuál es más bella, más agradable? También organizaban algo tan peligroso como una pequeña cita a una hora determinada cerca de un edificio alto y en el que la dama en cuestión durante unos breves segundos se mostraba discretamente en la ventana sin cubrir su rostro ni cabello para que su posible marido la viera unos instantes y pudiera decidir si la quería como esposa. Por supuesto todo muy bien planeado para que absolutamente nadie más pudiera ver la escena, porque una denuncia hubiera supuesto la muerte inmediata. Triste, ¿verdad? La pena es que es real. Y esto era en Kabul, lo más "moderno" del país. ¿Por qué en los casos de mayor intransigencia siempre se ceban con las mujeres? ¿Son más pecadoras por ser objeto de deseo?
Saludos,
Margaret
Comentario de: Arturo Fantópera [Miembro]
Margaret, lamento que este cuento te haya recordado la triste y desastrosa realidad en que viven muchas mujeres en el tercer mundo, víctimas inocentes del fanatismo religioso musulmán, tanto talibán como de otras ramas radicales. En realidad, lo que he usado para inspirarme ha sido la cruda estampa de un pueblo en la alta Edad Media, cuando la inquisición hacía de las suyas...
Y es llamativo lo fácilmente que se pueden confundir ambas lecturas, ¿verdad...?
Y es llamativo lo fácilmente que se pueden confundir ambas lecturas, ¿verdad...?
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