sábado, 9 de mayo de 2009

9-5-2009: Principio universal.

Creo en la fuerza de una unión libre. Si dos personas se quieren, creo en que su unión es más que la mera suma de ambas. Y también creo en su separación igual de libre. Pero esta opción no debería tomarse a la ligera.

Creo en la firmeza de la base de dicha unión. En su solidez, basada en la sinceridad, el cariño mutuo, la pasión y la fidelidad. Pero no porque lo requiere el estatus, sino porque se dan libremente. Creo en las problemas que surgen en el camino, poniendo esa unión a prueba. Si se agrieta, entonces creo en los esfuerzos sin escatimar que deberían destinarse a repararla en lo posible. Y si aún así la situación ya no tiene remedio, si ambos permanecen juntos por pura inercia o intereses extraconyugales, creo en su disolución.

Creo en la belleza de toda unión. No me refiero a la exhibicionista, a la que se demuestra ante los demás, casi de forma obscena e insultante, restregándolo por la cara, que se es una pareja modelo, feliz, sólida y bien avenida. Esto queda para la galería de fotos y es hipócrita e incluso contraria a la salud de la relación. Me refiero a la belleza que se percibe en los gestos, en las sonrisas, en los tonos de voz y actitudes que se adoptan en la intimidad, y sólo en la intimidad. En ambos cuerpos desnudos, abrazados, respirando uno por los poros del otro.

Doy el beneficio de la duda a quien sufre por un estado que no preveía en el momento de vivir juntos. Y si esa persona manifiesta su dolor, su malestar, su tristeza, llevados en silencio en su fuero interno, tiene todo mi apoyo para que aguante hasta que las cosas pinten mejor o para que se separe, si es lo que considera como única opción válida. Ya lo pasa bastante mal como para que, encima, la sociedad le cargue las tintas. Se dice que las víctimas inocentes son los hijos, pero también lo es, en mayor medida incluso, la persona que lleva como puede una vida en pareja estéril, fría y gris, habiendo hecho todo cuanto está en su mano por evitarlo.

No creo en la perfección de las personas. Creo en la perfección de una unión entre ellas. Y también en que dicha unión puede fallar.

No creo en que la perfección de dicha unión se materialice en forma de hijos. Los hijos son una consecuencia, no un fin, como defiende la iglesia católica.

Detesto aquellas uniones en las que uno de sus componentes se niega a asumir su responsabilidad en el funcionamiento de la pareja, haciendo que ésta se vaya a pique y provocando un enorme dolor en la otra persona. Me da coraje contemplar cómo una persona trata a la otra siquiendo unos patrones culturales, unos roles y unas actitudes que pese a haberlas mamado de pequeño, están completamente equivocados y no desea verlo ni cambiarlo.

Me disgustan profundamente los extremos: por un lado, tomar un papel demasiado activo, invadiendo el espacio de la pareja, agobiándola, tomando decisiones unilaterales sin contar con ella. Por el otro lado, esperar que sea el otro quien dé el primer paso siempre, para arreglar una situación, para salir de un apuro, para arriesgarse y mejorar, para que tome las decisiones... y echárselas en cara si éstas salen mal.

Tanto para el hombre como para la mujer.

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