En la entrada anterior, dejé para hoy la única profesión que ocupan mayormente las mujeres y que se relacionan habitualmente con nosotros, operarios de obras: las camareras. En tanto dura una obra, semanas o meses, solemos ir siempre a comer a un restaurante cercano, donde nos atiendan bien y la comida sea buena y abundante, sin remilgos ni finuras.
No sé si será norma común entre las profesionales del ramo, o he tenido mucha suerte, o quizás esté regulado por convenio colectivo (todo puede ser), pero hasta ahora no puedo quejarme: todas las camareras con las que he tratado (y he ido a muchos restaurantes) son simpáticas, de trato agradable, siempre sonrientes, y por ende, atractivas a mis solitarios ojos. Conforme pasan los días, la confianza va haciéndose un huequecito, y así, entre saludos, alguna bromita y demás, van echando raíces entre mis recuerdos... hasta que se acaba la obra y ya no vuelvo a verlas nunca más. No porque no quiera, sino por la distancia: desde cincuenta a trescientos km de mi casa... Además, el trato que tenemos no da para más. Ellas hacen su trabajo, y parte de éste es el trato siempre agradable hacia el cliente. Una duda: ¿en sus contratos laborales tendrán una cláusula donde determina la duración y amplitud de sus sonrisas, la cantidad mínima de simpatía a derrochar, la luz de sus ojos...? No me extrañaría si fuera así: ¡es un valor añadido considerable, y algunas se harían de oro...!
Mi timidez y cerrazón hacen que sean mis compañeros quienes se adelantan, y son ellas las que hacen uso de sus "tablas" para defenderme en ese ambiente tan chusco y barriobajero que es la construcción. Suelo ser blanco habitual de las bromas de mis compañeros, y más ante una camarera atractiva. Al no contestar a las bromas, o hacerlo tarde y mal, a veces son ellas quienes lo hacen por mí, haciéndose cargo de mi situación a la primera ojeada.
Desde aquí quiero dedicar un sencillo y honesto homenaje a ese gremio: es la mejor muestra de cómo la rapidez y la soltura se combinan con el encanto y la simpatía. La pericia con la bandeja, con la máquina cafetera y el molinillo, son pasmosas. Y alguna está concentrada en el servicio, a veces con gesto inconfundible de cansancio, pero muchas lo hacen con una sonrisa en los labios...
Me pregunto cómo serán en sus vidas privadas... ¿aceptarán sus novios esos trabajos? ¿no se sentirán celosos al saber que es blanco de miradas de hombretones polvorientos y de grandes y fuertes manos, deformadas por el trabajo duro?
Hasta donde yo sé, una camarera es bien tratada entre nosotros. Creo que no se puede decir lo mismo de aquellas que trabajan en sitios de alto nivel, donde el traje, la corbata, el ipod y los zapatos de marca son las armaduras de combate... Me da en la nariz que si uno de estos últimos se propasara con una camarera, los demás desviarían la mirada, mientras que en nuestro ambiente, si alguien la tratase mal, veríamos a ver quién es el último en levantarse en su defensa y darle su merecido.
Otra duda: ¿alguna camarera deja entrar en su vida privada a algún cliente, ha conocido a su pareja en el trabajo? Porque si es así, todavía tengo una pequeña esperanza...
Comentario de: Esttivalia [Visitante]
No es el primer comentario que oigo (en este caso lo leo, pero es lo mismo) acerca de la simpatía de esas camareras sencillas de sonrisa amplia que trabajan en restaurantes que la gente imbécil llama "de obreros" con cierto despecho. Supongo que su contrato no lo especifica, pero también supongo que si saben ganarse a los clientes su trabajo es más seguro y el ambiente más agradable para todos.
Y conozco bien de cerca un amor entre la camarera y el albañil al que servía café, es mi hermano, no desesperes.
Un saludo.
Y conozco bien de cerca un amor entre la camarera y el albañil al que servía café, es mi hermano, no desesperes.
Un saludo.
Comentario de: susana moo [Visitante]
Si te da vergüenza hablarles, ¿por qué no les escribes una nota con tu buena prosa? O muy tonta es o eso le alegrará, y quien sabe, quizá alguna se anime a tomar una cervecita contigo, o algo más...
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