Vino de las islas, ¿sabéis…? Y tiene los ojos verdes. Por eso digo que es una sirena. Más aún, su nombre, que no diré, es un diminutivo graciosísimo: al no ser muy usual por mi ciudad, cada vez que lo pronuncio para mí, me vienen en tropel los recuerdos. Y por eso, es más que mi sirena, es mi sirenita. Es bajita, algo rolliza, y tiene la piel muy suave y blanquita. Y luego está su voz, modificada por el acento isleño. Algo apagada, pero muy agradable cuando respiraba junto a mi oído y me contaba cosas.
Nos conocimos en algo parecido a Internet. Entonces estaban los BBS, siglas de algo cuyo significado nunca llegué a saber. Eran unos servidores conectados a varias líneas de teléfono. Quien tuviera cuenta, se conectaba por módem telefónico de 56 Kbps, la velocidad máxima de entonces. En dichos servidores se disponía de una cuenta de correo, pero sin la “@” de por medio. Se disponía asimismo de un servicio de chat, pero el inconveniente que tenía era que se debía coincidir en el tiempo de conexión, como ahora. Y si se estaba en la misma ciudad, la duración de la llamada era llevadera, se cobraba por tarifa urbana. Pero si se estaba en otra ciudad, se cobraba por tarifa interurbana, más alta cuanto más de lejos se llamaba. Y ella llamaba desde una isla. Así que el chat no lo usamos nunca.
Se tenían acceso a unos foros, en donde la gente participaba expresando su opinión sobre algo: noticias, cocina, deportes, informática, política, economía… y por supuesto, el sexo. Había que solicitar acceso a dicho foro de forma expresa al administrador. Normalmente lo concedía sin ningún problema.
Lógicamente los foros que más éxito tenían eran el de opinión sobre la actualidad, el de informática, el de humor y el de sexo. En este último, decidí participar dejando un cuento por entregas. Pero el interés que despertó fue mínimo. Lancé un pique, echando en cara el silencio. Y ella fue de las pocas personas que me respondieron.
Al principio, no le hice mucho caso. Su nombre era femenino, pero dudaba de su identidad sexo, puesto que no era la primera vez que veía a un hombre conectado como mujer. Así que le “seguí” el juego, pero asumiendo la duda mis respuestas a sus respuestas eran en género neutro, se podían referir tanto a un hombre como a una mujer. Conforme avanzaba el trato, empecé a dudar. Mis discretas pesquisas entre mis conocidos de carne y hueso daban negativo. Entre los habituales a los foros, también. Así que, tras unos cuantos mensajes, decidí sincerarme. Ella se quedó muy extrañada. Que a esas alturas todavía dudara de su sexo, era algo que, si no le ofendía, sí le chocaba. Se sinceró a su vez, y ahí se estrecharon nuestros lazos. No más medias verdades por mi parte. Me explayé a gusto. Le preguntaba cuantas dudas tenía, y ella me contestaba.
Nos intercambiamos nuestros números de teléfono. Yo la llamé primero. Su voz me sonaba a gloria, pero mi nerviosismo se notaba, y su corte también. La siguiente vez me solté bastante, estaba más cómodo. Y ella lo notó. Y nos alegramos mucho.
Seguimos comunicándonos por mensajes y llamadas telefónicas. Surgieron los primeros roces. Mis dudas, su miedo a conocerme físicamente… Metí la pata en un par de ocasiones, pero sorteamos las consecuencias. Estábamos lanzados.
Y por fin, quedamos en conocernos cara a cara, un fin de semana. Ella tomaría un puente aéreo hasta mi ciudad. Yo me encargaba de buscar un sitio adecuado, no muy caro, donde quedarse. Dejé todo concertado con el hostal para su llegada, pues aquel viernes trabajaba en turno de tarde.
En el trabajo no atinaba tres en un burro, de los nervios por lo que estaba a punto de suceder. Mis compañeros se metieron conmigo, pero yo me puse un candado virtual en la boca, pese a que ardía en deseos de contarlo a los cuatro vientos.
Al salir del trabajo, la llamé. El viaje había ido muy bien, había hecho algunas pocas gestiones en mi ciudad, había cenado y estaba esperándome. Me propuso quedar en la puerta del hostal en un rato y tomar algo juntos, a hablar, a vernos frente a frente. Acepté.
Llegué a casa, cené, me afeité, me duché concienzudamente, cogí la caja de bombones que tenía preparada y tomé un taxi. Paré cerca del lugar. No quería bajar del taxi delante del hostal. Caminé, mirando nervioso a todo el mundo. Los escaparates y los letreros lucían, la gente iba de aquí para allá, bulliciosa. La zona era céntrica. Cuando estaba cerca, alcé la vista y me fijé en el rótulo iluminado del hostal. Abajo, de las sombras que provocaba el escaparate vecino, salió ella, sonriente. Me había reconocido primero.
Me comporté como se esperaba de mí. Demasiadas veces había metido la pata por mi timidez y mi esperpéntico histerismo cuando alguna chica se interesaba por mí. Aquello no iba a tener lugar.
Le dí dos besos en las mejillas como saludo, con toda confianza, y caminamos juntos. Dimos una larga vuelta a la manzana. Ella me preguntaba por edificios, y yo respondía como buenamente podía, revelando mi ignorancia.
Años más tarde, adiviné, por similitud de situaciones, que era parte del juego amoroso que disfrutan las mujeres en situaciones parecidas. Metedura de pata: no había preparado una ruta turística en el casco antiguo vecino, revelando datos históricos de sus edificios. De todos modos, no se podían apreciar mucho, dada la hora y la pobre iluminación de las farolas.
Pero ella no le dio la más mínima importancia. Nos metimos en un bar, pedimos unas consumiciones, y nos sentamos a hablar en una mesa apartada. Yo escuchaba, me deleitaba con esa voz que conocía bien, pero que ahora encajaba en la figura de la foto que nos intercambiamos al poco que los teléfonos. Disfrutaba de aquella cara, de sus ojos verdes, de sus labios pequeños y brillantes, de su pelo corto, de sus risas, de sus expresiones y sus gestos...
En cierto momento, le cogí la mano con calor. Ella me miró a los ojos y preguntó: “¿Te quedarás conmigo?”. Mi respuesta fue un inmediato y seguro “Sí, por supuesto”.
Más tarde, me dije que debía haber depositado un beso en aquella manita…
Cuando llegó la hora de cerrar, abonamos y nos fuimos, volviendo despacio al hostal, ya tomados de la mano…
Comentario de: madrileña [Visitante]
Como siempre, estupendo comienzo. Nos dejas con la miel en los labios, estoy deseando saber cómo transcurren los acontecimientos en esa habitación del hostal.
Besines
Besines
Comentario de: Arturo FantÓpera [Miembro]
Muchas gracias, madrileña.
Y yo espero no defraudarte con la siguiente parte... y te siga gustando, y la disfrutes...
Besos y abrazos para ti.
Y yo espero no defraudarte con la siguiente parte... y te siga gustando, y la disfrutes...
Besos y abrazos para ti.
Comentario de: belkis [Visitante]
Una nueva historia por entregas y otra vez me tienes aquí enganchada, ansiosa por ver su desarrollo y a la vez temerosa de que se acabe.
Permíteme que esta vez tu historia parece real, muy real, y no sólo porque la narres en primera persona.
Y si me lo permites, y aún sin saber cómo acabará, creo que entiendo un poco ahora por qué quieres permanecer en el más anónimo de los anonimatos y no intercambiar palabras más que a través de los blogs. Ahora lo entiendo. Creo. Un abrazo.
PD: Soy bajita, rolliza y con los ojos de color marrón tirando a verdosos. ¡Igual soy tu tipo! jejeje. Es broma, perdona.
Permíteme que esta vez tu historia parece real, muy real, y no sólo porque la narres en primera persona.
Y si me lo permites, y aún sin saber cómo acabará, creo que entiendo un poco ahora por qué quieres permanecer en el más anónimo de los anonimatos y no intercambiar palabras más que a través de los blogs. Ahora lo entiendo. Creo. Un abrazo.
PD: Soy bajita, rolliza y con los ojos de color marrón tirando a verdosos. ¡Igual soy tu tipo! jejeje. Es broma, perdona.
Comentario de: mafalda [Visitante]
Enganchadita me has dejao a la historia. a ver si publicas pronto la segunda parte porque seguro que va a prometer.
Yo me uno a belkis y te pregunto, ¿esto es una historia real? Porque desde luego que lo parece.
Yo me uno a belkis y te pregunto, ¿esto es una historia real? Porque desde luego que lo parece.
Comentario de: esttivalia [Visitante]
A mí también me parece una historia real que puede serlo o no, pero ya es un gran mérito que lo parezca. No tardes en publicar la continuación, aunque yo tarde en comentarla ten por seguro que la leeré.
Un beso.
Un beso.
Comentario de: mirola [Visitante]
Pues tiene todos los visos de haber sucedido. A ella la describes muy bien, pero se te olvida el color del cabello. Porque a mi imagen le falta eso. Yo es que lo convierto en película mental y lo voy viendo y creo que no lo has dicho. Su voz, claro, también, me encanta el acento, bueno depende de que islas hables. Si son las afortunadas, ese acento es irresistible.
Un beso.
Un beso.
Comentario de: Arturo FantÓpera [Miembro]
Belkis, Mafalda, Esttivalia, Mirola, todas... ¿qué pasaría si dijera que es una historia real...?
Comentario de: mafalda [Visitante]
Pues si fuera una historia real me alegraría por ti, de que hubieras vivido una situación así.
Y eso que aun nos queda por ver la segunda parte, pero vista la primera, se nota que esta historia promete.
Y eso que aun nos queda por ver la segunda parte, pero vista la primera, se nota que esta historia promete.
Comentario de: madrileña [Visitante]
Si es real, todavia tengo más ganas de saber más, asi te conoceriamos un poquito más... jeje... Y morbete da mucho.
Comentario de: belkis [Visitante]
Si fuese real, creo que no pasaría nada. Puede que quizás te abras un poco más, se sepa más de ti, y quizás la historia pueda llegar a emocionar más aún si cabe. Pero aparte de eso, nada más, creo. Un beso.
Comentario de: esttivalia [Visitante]
Pues si la historia es real y la cosa va bien, después de saber lo de los 24 cm, quizás te pida el número de teléfono jajajajajajaja.
Un beso.
Un beso.
Comentario de: Arturo FantÓpera [Miembro]
Estti, que quede claro que 24 cm es lo que mide mi mano izquierda extendida, no otra cosa, ¿eh...? No empecemos a liarlo todo...

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