Como todo varón primario, soy muy sensible a la lencería. Una mujer en lencería sube muchos enteros, y si además la luce para mí, casi tendría que echar los frenos más férreos y bruscos para no lanzarme como león hambriento y comérmela de dos bocados. Y si además me sonríe, natural e incitante, yo... yo... buf, tengo que cambiar de registro pero ya...
Respiro hondo, me relajo, me empeño en pensar en una perspectiva más adecuada para lograr escribir el resto de la entrada, y...
Una de las cosas que olvidan los historiadores de la edad de piedra es cuando nuestros antepasados empezaron a cubrirse con pieles. Un momento tan importante como el dominio del fuego, o el uso de la escritura.
Y es importante, porque antropológicamente, el homínido sintió la necesidad de cubrirse con pieles extraídas de animales para combatir el frío, lo cual a su vez le permitió atreverse a migrar más allá de los límites que los climas adversos le impedían: ir al otro lado de aquella lejanísima cordillera de cumbres perdidas entre las nubes, a ver qué hay... Probablemente la escasez de caza, el hambre o la necesidad de territorio propio también empujaran, pero, sin protección contra el frío, muchas de esas iniciativas estuvieran condenadas al fracaso.
Fue casi como una revolución conceptual que vino a mejorar la relación del homínido con su entorno, y sacarle mayor provecho. Revolución que quedó en nada frente al dominio del fuego.
Bien, después de esta introducción tan pretenciosa (si aún continuáis por aquí y no habéis pasado al siguiente blog), lanzo mi pregunta-reflexión: ¿en qué momento de la historia de nuestra civilización se ha presentado a la mujer la posibilidad de lucir prendas con el único y exclusivo fin de seducir y provocar? Es decir, no para abrigarse, ni para sentirse más cómoda, ni para protegerse de dolorosos roces (pies), sino para decir a sus hombres en lenguaje no verbal: "ven a por mí". Y no incluyo en esto los adornos puntuales (joyería y bisutería), ni los maquillajes, ni otros rasgos culturales extraños a nuestros ojos, como dejarse bigote, perforarse los labios, las orejas, la nariz; ponerse adornos que las deforman horriblemente; pintarse o tatuarse de colores y filigranas muy trabajados, pero con más significado social y ritual que erótico...
En otras palabras, ¿cuándo un taparrabos femenino, de lo más básico y funcional, se volvió erótico a ojos del varón? Al igual que las piezas que un día una mujer decidió ponerse en el pecho a modo de sostén para estar más cómoda.
Ahora existe una potente industria textil dedicada exclusivamente a eso. Infinidad de prendas que se ponen las mujeres para atraer, provocar y seducir. Cuanto más diminutas y tirantes, mejor. O más vaporosas, transparentes, insinuantes, etc. Pero, en palabras vuestras, también son incómodas y frágiles, complicadas de poner y de llevar. Y también carísimas, por lo que voy viendo en diferentes catálogos.
Ahora existe una potente industria textil dedicada exclusivamente a eso. Infinidad de prendas que se ponen las mujeres para atraer, provocar y seducir. Cuanto más diminutas y tirantes, mejor. O más vaporosas, transparentes, insinuantes, etc. Pero, en palabras vuestras, también son incómodas y frágiles, complicadas de poner y de llevar. Y también carísimas, por lo que voy viendo en diferentes catálogos.
Es un poco chocante que una prenda destinada a esto sea hasta veinte o treinta veces más cara que otra parecida, pero funcional y cómoda. Y seguramente lo será por los riquísimos y diminutos detalles con que están trabajadas, pero la pregunta sigue en el aire. ¿Porqué se destinan tantos recursos a esto? ¿qué base sostiene semejante industria?
La respuesta levantará ampollas, y se me tachará de reaccionario y retrógrado, pero ahí va: como todas las industrias relacionadas con el placer, se sacan suculentos beneficios. Es equiparable al alcohol, tabaco y drogas, pero, a diferencia de éstas, no tiene apenas contraindicaciones sociales, no destruye familias, y es más lúdico que adictivo.
Como he dejado bien claro al principio, yo no soy excepción a los encantos de lucir semejantes prendas. Disfruto como el que más, me vuelve loco, me encanta mirar catálogos y anuncios de lencería fina. Pero no las prendas en sí. Cuando veo el género expuesto sin más, vacíos, arrugados, sosos, por muchos detalles que tengan (florecillas, encajes, blondas, chiffones, transparencias...) no me dice nada, paso directamente a la siguiente página. Pero si son presentadas por una modelo (como debe ser), entonces esa visión entra por mis ojos y baja rauda por mi garganta, arrastrando consigo todo tipo de líquidos y razonamientos, colapsa pulmones y estómago, y hace que toda la actividad se concentre en mi entrepierna... La incomodidad que soporta la mujer al vestir esas prendas pasa como por arte de magia a mí, intentando controlar esto último para que no se note mucho... por eso, disfruto mejor en la intimidad.
No entiendo muy bien que muestren abiertamente al público escaparates de lencería fina sin mirones babeantes copándolos. Para mí es más inflamable que un sex-shop. Lo primero es el equivalente al erotismo, lo segundo a la pornografía. Lo primero no empacha, lo segundo sí. Lo primero se puede contemplar con cierta normalidad e indiferencia (aparentes en mi caso), lo segundo se censura abiertamente... Eso, en tiempos. Ahora ya no sé en qué quedará la cosa. Con la crisis y la competencia de internet muchas tiendas están cerrando, lo cual es una lástima...
Y como no hay dos sin tres, ahí va mi crítica. Dentro de los multitudinarios espectáculos de lencería, detesto la "entronización" de "Victoria's Secret". Esas prendas son para disfrutarlas en la intimidad, no para presentarlas a bombo y platillo en gigantescas pantallas públicas, habiendo cosas mucho más importantes que mostrar y que informar.
Y aborrezco más aún que desfilen marcando clavícula, caderas huesudas, muslos huecos y vacíos, piernas quebradizas, caras de plástico quemado, pasos que recuerdan al de la oca, de uniformes, prepotentes, forzados y antinaturales...
Por ejemplo, un desfile bien hecho. Música suave, de ritmo sostenido, pasos forzados al mínimo, andares lentos y majestuosos, sonrisas pícaras pero no descaradas, bastones bien volteados... atención a la última rubia, la del conjunto azul. Probablemente la baja definición del vídeo ayude, pero, oye, la imaginación rellena los huecos entre píxeles, y a disfrutar.
Y aquí, un desfile mal hecho. Creo que huelga decir porqué. Yo no he podido verlo hasta el final, del rechazo que me provoca.
En todos los desfiles pueden haber cosas buenas y cosas malas. Desgraciadamente, para mi gusto, predominan las últimas, y hacen que contemplar desfiles cuando me apetece disfrutar de belleza femenina en la intimidad no esté entre mis cosas favoritas.
Comentario de: Baile Antiguo [Visitante]
¿Qué tiene de malo el desfile de Andres Sarda? Más que nada, el vídeo no es un desfile, es una sucesión de fotos.
Comentario de: Arturo FantÓpera [Miembro]
Hola, Bailant.
Aunque sea una sucesión de fotos, me da igual. A las modelos parece que les han dado palizas en la cara, con esos ojos morados, que les han rapado el pelo al cero y les obligan a desfilar para disfrute del personal... ¿te suena eso? A mí sí, y me pone los pelos de punta y me chirrian los dientes... Y desde luego, es una idiotez que intenten pasar "eso" como "arte".
¿Y qué haces tú aquí? Creía que mis entradas eran muy largas para tu gusto.
Aunque sea una sucesión de fotos, me da igual. A las modelos parece que les han dado palizas en la cara, con esos ojos morados, que les han rapado el pelo al cero y les obligan a desfilar para disfrute del personal... ¿te suena eso? A mí sí, y me pone los pelos de punta y me chirrian los dientes... Y desde luego, es una idiotez que intenten pasar "eso" como "arte".
¿Y qué haces tú aquí? Creía que mis entradas eran muy largas para tu gusto.
Comentario de: Baile Antiguo [Visitante]
Leo en diagonal.
"¿Y qué haces tú aquí? Creía que mis entradas eran muy largas para tu gusto."
Pero eso te ha sobrado.
"¿Y qué haces tú aquí? Creía que mis entradas eran muy largas para tu gusto."
Pero eso te ha sobrado.
Comentario de: Arturo FantÓpera [Miembro]
A mí me sobran muchas cosas... es parte de mi estupidez y encanto. Y también me faltan muchas otras, de las que tú misma, por ejemplo, te sobrarían...

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