La casa Penthouse también intenta hacerse un hueco en la publicidad deportiva, haciendo que sus explosivas Pets se exhiban en carreras de coches o camiones, así como incluir entrevistas a personajes serios de la sociedad, las artes, la política y las ciencias en su publicación. Por lo menos así era en tiempos, ahora no sé cómo estará, ya que hubo una época en que se dedicaba más al porno que a otra cosa. De hecho, así era cuando me compré mi primera Penthouse a escondidas, allá por el 87-88, no recuerdo muy bien. A esto dedicaré otro post, relatando cómo fue y lo que significó para mí.
Pero afortunadamente no tiene tanta repercusión mediática como Playboy. No existe una “mansión Penthouse”, (creo que es un castillo), tampoco su “cabeza visible” no es un viejo verde atiborrado de Viagra y fanático de los albornoces de seda rosa, que participa en fiesta tras fiesta; el símbolo de Penthouse, las tres llaves (o una, ahora no recuerdo bien) no aparece hasta en la sopa, y así es como debe ser: discreto, elegante y sinónimo de sensualidad y secretismo.
La parte negativa es su rumbo editorial errático durante la última década. De presentar a hermosas mujeres en montajes barrocos y un poco abigarrados, con objetivos fotográficos algo velados y luces difuminadas, que fomentaban la ensoñación y la cercanía, pasaron a porno directo con idéntico estilo de decorados. Pinturas y maquillajes a tutiplén, barros, tintas, luces directas, atrezzo abundante y variado (pieles y estolas, boas de espumillón, espadas, escudos, rocas, trapecios, fuego en todas sus formas, y por supuesto, lo concerniente a ambientes sadomaso), y las fotos de aquellas sesiones aparecían “cerrados” en la revista, de manera que para verlo, había que coger un abrecartas y abrir las páginas…
Ahora no sé cómo estará, bastará con ir al kiosco y hojear la revista en cuestión.
Y por último, la casa Hustler creo que está de capa caída. Hubo una temporada, hace años, en que se publicaban varias revistas mensuales, o se turnaban una al mes, cada una proveniente de una publicación yanqui, que venían a “satisfacer” diferentes gustos eróticos: “Tacones lejanos” para fetichistas, “Edad de oro” para los que las prefieren maduras, “Edad legal” para los que las prefieren jovencitas, “Ebano” para los que gustan de las mujeres de raza negra, “High Society” para los de las fantasías en orgías de alta sociedad, y no me acuerdo qué más, todas bajo la batuta de Hustler, o algo así. Supongo que sería una maniobra puramente comercial, el diversificar la producción en varias ramas, pero acabó en la nada.
Como en cualquier negocio, el objetivo es ganar dinero incluyendo publicidad. Pues bien, encuentro de mal gusto la proliferación de páginas de publicidad de servicios prepago de teléfonos móviles, sobre todo en los “Especiales” que sacan cada dos o tres meses, donde se supone que sólo salen modelos, a los que era tan asiduo. Estoy deleitándome en el perfil que adopta una cadera en particular, dando rienda suelta a lo que sería capaz de hacer (dedos, labios y lengua se me iban, pero el tacto y sabor del papel es repelente), y mirándola muy de cerca, cuando de repente me encuentro con una cargante página de publicidad. Molesto, incómodo y estafado. Es como las revistas del corazón y papel couché, pero al revés: una asidua ultraconservadora hojeando la enésima entrevista a la Preysler, y al pasar la página se encuentra un anuncio de lencería íntima femenina de muy altas temperaturas…
A todas estas publicaciones les ha salido un serio competidor: Internet. Cada una ha abierto su sitio web central y un montón de webs afiliadas, pero se les acabó el chollo. Ahora encuentro más atractivos sitios web cuyas modelos provienen de Europa del Este, y no tienen nada que envidiar a las mulatas caribeñas y brasileñas, o a las chicas de California o Miami.
Estas chicas, de niñas, han sido educadas en el tan denostado régimen soviético y aledaños: rigidez, disciplina y entrega al estado. Uno de los objetivos por los que luchaban y soñaban era el de ser bailarinas de ballet. Soñaban con pertenecer a un grupo famoso, y se entrenaban incansables, moldeando sus cuerpos. El caos social que vino con la caída del muro de Berlín les hizo ver cómo sería el mundo en el que vivirían, además de sufrir escasez de medios y alimentos, una de cuyas consecuencias fue, precisamente, crecer delgadas. Recuerdo un reportaje de una selección de modelos rusas, en donde un profesor les daba clases de estilo de andar, moverse, parar y mirar. Y me llamaban la atención lo escuálidas que estaban. Uno de los consejos que recibían era que debían engordar más. Estaban próximos los tiempos en los que dichas modelos debían parecer anoréxicas, así que no hace falta forzar mucho la imaginación para hacerse a la idea de cómo debían estar aquellas pobres chicas.
De todos modos, es interesante sacar la conclusión antropológica de que las proporciones más altas de atractivas muchachas por sector de población se dan en los países en vías de desarrollo, tanto del norte como del sur. De niñas se veían obligadas a esforzarse para conseguir sus objetivos: sobrevivir ayudando a la familia, entrenando duramente en el gimnasio, en la piscina… circunstancia que no se suele dar en las sociedades opulentas de Occidente, en donde se quejan de sobrepeso y sedentarismo.
Por supuesto, todo esto palidece en comparación con otra consecuencia del caos social en que viven: el tráfico de mujeres. Denigrante, condenable, y una causa más que suficiente como para negarse categóricamente a ser “cliente” de cualquier club de alterne.
La parte negativa es su rumbo editorial errático durante la última década. De presentar a hermosas mujeres en montajes barrocos y un poco abigarrados, con objetivos fotográficos algo velados y luces difuminadas, que fomentaban la ensoñación y la cercanía, pasaron a porno directo con idéntico estilo de decorados. Pinturas y maquillajes a tutiplén, barros, tintas, luces directas, atrezzo abundante y variado (pieles y estolas, boas de espumillón, espadas, escudos, rocas, trapecios, fuego en todas sus formas, y por supuesto, lo concerniente a ambientes sadomaso), y las fotos de aquellas sesiones aparecían “cerrados” en la revista, de manera que para verlo, había que coger un abrecartas y abrir las páginas…
Ahora no sé cómo estará, bastará con ir al kiosco y hojear la revista en cuestión.
Y por último, la casa Hustler creo que está de capa caída. Hubo una temporada, hace años, en que se publicaban varias revistas mensuales, o se turnaban una al mes, cada una proveniente de una publicación yanqui, que venían a “satisfacer” diferentes gustos eróticos: “Tacones lejanos” para fetichistas, “Edad de oro” para los que las prefieren maduras, “Edad legal” para los que las prefieren jovencitas, “Ebano” para los que gustan de las mujeres de raza negra, “High Society” para los de las fantasías en orgías de alta sociedad, y no me acuerdo qué más, todas bajo la batuta de Hustler, o algo así. Supongo que sería una maniobra puramente comercial, el diversificar la producción en varias ramas, pero acabó en la nada.
Como en cualquier negocio, el objetivo es ganar dinero incluyendo publicidad. Pues bien, encuentro de mal gusto la proliferación de páginas de publicidad de servicios prepago de teléfonos móviles, sobre todo en los “Especiales” que sacan cada dos o tres meses, donde se supone que sólo salen modelos, a los que era tan asiduo. Estoy deleitándome en el perfil que adopta una cadera en particular, dando rienda suelta a lo que sería capaz de hacer (dedos, labios y lengua se me iban, pero el tacto y sabor del papel es repelente), y mirándola muy de cerca, cuando de repente me encuentro con una cargante página de publicidad. Molesto, incómodo y estafado. Es como las revistas del corazón y papel couché, pero al revés: una asidua ultraconservadora hojeando la enésima entrevista a la Preysler, y al pasar la página se encuentra un anuncio de lencería íntima femenina de muy altas temperaturas…
A todas estas publicaciones les ha salido un serio competidor: Internet. Cada una ha abierto su sitio web central y un montón de webs afiliadas, pero se les acabó el chollo. Ahora encuentro más atractivos sitios web cuyas modelos provienen de Europa del Este, y no tienen nada que envidiar a las mulatas caribeñas y brasileñas, o a las chicas de California o Miami.
Estas chicas, de niñas, han sido educadas en el tan denostado régimen soviético y aledaños: rigidez, disciplina y entrega al estado. Uno de los objetivos por los que luchaban y soñaban era el de ser bailarinas de ballet. Soñaban con pertenecer a un grupo famoso, y se entrenaban incansables, moldeando sus cuerpos. El caos social que vino con la caída del muro de Berlín les hizo ver cómo sería el mundo en el que vivirían, además de sufrir escasez de medios y alimentos, una de cuyas consecuencias fue, precisamente, crecer delgadas. Recuerdo un reportaje de una selección de modelos rusas, en donde un profesor les daba clases de estilo de andar, moverse, parar y mirar. Y me llamaban la atención lo escuálidas que estaban. Uno de los consejos que recibían era que debían engordar más. Estaban próximos los tiempos en los que dichas modelos debían parecer anoréxicas, así que no hace falta forzar mucho la imaginación para hacerse a la idea de cómo debían estar aquellas pobres chicas.
De todos modos, es interesante sacar la conclusión antropológica de que las proporciones más altas de atractivas muchachas por sector de población se dan en los países en vías de desarrollo, tanto del norte como del sur. De niñas se veían obligadas a esforzarse para conseguir sus objetivos: sobrevivir ayudando a la familia, entrenando duramente en el gimnasio, en la piscina… circunstancia que no se suele dar en las sociedades opulentas de Occidente, en donde se quejan de sobrepeso y sedentarismo.
Por supuesto, todo esto palidece en comparación con otra consecuencia del caos social en que viven: el tráfico de mujeres. Denigrante, condenable, y una causa más que suficiente como para negarse categóricamente a ser “cliente” de cualquier club de alterne.
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