Leí el otro día una frase que voy a usar en esta entrada. El contexto era el siguiente: un atentado con bomba con múltiples víctimas, y una de ellas está tumbada y viva, pero tiene el pecho abierto. El escritor describió con crudeza cómo el protagonista, con conocimientos médicos limitados, "metió la mano en la cavidad cardíaca y ayudó a latir al corazón con un masaje".
La acción, descrita con maestría y brevedad, viene a darnos un golpe directo a las entrañas, despertando en algunas personas, entre las que me encuentro, un rechazo en forma de náusea refleja y de imagen imborrable durante varios minutos en nuestra mente, que girará en su torno mientras duren los efectos. Algo parecido a lo que se siente cuando se presencia por televisión un documental o una noticia de cirugía en vivo.

Sin embargo, voy a tomar dicha frase y la voy a colocar en un contexto diferente: la necesidad de cariño y contacto físico.
Como metáfora es igual de aplastante. Y aún me atrevo a dar otro giro de tuerca: si ésta es la única forma de que una persona penetre en mi intimidad, esté cerca de mi corazón, literalmente hablando, me parece muy cruda, pero hay ocasiones en que la necesidad es tal que me regodeo en lo que significa dicha metáfora...
Tanto para dar como para recibir... Tanto si soy yo quien tiene el pecho abierto, como si es otra persona que se me acerca con su pecho abierto...
La gran pega que tiene esta imagen, es que se completa con el detalle de que vamos con los ojos vendados, expuestos a cualquier golpe, caída, puñalada...
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